Aleah Arundale llevaba a su hija a clase de baile cuando se topó con una escena incomprensible. Hombres, mujeres y niños bajaban de un autobús en la parada más cercana a su casa. Iban descalzos y en camiseta a 4 grados centígrados en Chicago.

Era noviembre de 2022. Tras dejar a su hija y volver por el mismo camino, Arundale comprobó que el autobús se había ido, pero los pasajeros se habían quedado en la parada temblando de frío. Ella no entendía qué esperaban para escapar del invierno que se avecinaba.

Aunque se sintió tentada a ver las noticias en busca de respuestas, no confiaba en los medios, por lo que prefirió acercarse directamente a ellos para preguntarles qué ocurría. Como ninguno hablaba inglés, se ayudó con el traductor de Google para hacerse entender.

«Empecé a imprimir tarjetas que decían: ‘Hola, somos vecinos, nos preocupamos por ti. Queremos saber qué está pasando'», recuerda Arundale, de 47 años. «Lo escribí en español, puse mi número de teléfono y empecé a repartir el mensaje».

A través de las personas que la contactaron descubrió que los pasajeros de aquel autobús, y tantos otros que dormían en las comisarías como si fueran refugios, eran migrantes venezolanos que habían llegado a Chicago en autobuses fletados desde Texas.